martes, 31 de marzo de 2015

58 Muestra Internacional de Cine/I



La gran sorpresa de la 58va. Muestra Internacional de Cine ha sido El Niño y el Mundo (O Menino e o Mundo, Brasil, 2013), segundo largometraje animado del cineasta paulista Alê Abreu (opera prima también animada Garoto Cósmico/2007, no vista por mí).
Con una imaginativa animación que pasa del sencillo dibujo bi-dimensional a los crayones, de las acuarelas al collage, Abreu y su equipo de trabajo plantean una historia aparentemente muy simple que, hacia el final, nos muestra aristas mucho más complejas. 
El guión, escrito por el propio Abreu, nos ubica desde el inicio en el mundo visto y experimentado por un inquieto niño campirano que, en un malhadado día, ve partir a su papá. El hombre, que se ha ido en busca de trabajo, le deja a su hijo como única herencia el recuerdo de unos acordes musicales que vemos en forma de pequeñas nubes de colores y que el chamaco atrapa en un bote. Como nuestro infantil héroe no puede ni quiere olvidar a su padre, va en busca de él, primero en una plantación de algodón, donde es recogido por un anciano solitario que tiene como única compañía un perrito ladrador y, después, en una fábrica textil de la gran ciudad -¿Sao Paulo, Río?- en donde se encuentra con un obrero semiesclavizado que (sobre)vive en alguna favela.
El discurso político del filme de Abre no es muy sutil que digamos: el capataz de la planta de algodón es una suerte de cowboy que juzga a sus trabajadores colocándolos en fila, cual prisioneros en campo de concentración; los dueños de la fábrica textil son unos siniestros tipos que saludan como nazis y su compañía transnacional tiene como símbolo la águila nacionalsocialista; los noticieros televisivos idiotizan a la población con el último resultado del fútbol mientras cierran los ojos -y las cámaras- a las injusticias que suceden en las calles; los recursos naturales se explotan y se agotan -aquí Abreu renuncia a la animación para mostrar escenas documentales del desastre ecológico brasileño- a ritmo demencial...
Sin embargo, si la propuesta política de franca denuncia es tan directa que asemeja discurso de mitin, la forma nunca deja de ser fascinante. Además de los cambios y mezclas en las técnicas de animación que ya mencioné antes, Abreu y su equipo de dibujantes y sonidistas logran dar a cada escenario -el idílico campo, la planta de algodón, la fábrica, la gran ciudad- una personalidad propia y distintiva. Así, por ejemplo, pasamos del campo dibujado en líneas limpias, con las voces de los animales y el sonido del viento, a la caótica ciudad, llena de colores, imágenes, ruidos y cláxones; y, en el medio, la visión todoabarcadora, en top-shot y a la Busby Berkeley, del trabajo manual en la planta de algodón y, después, los sonidos mecanizados de la enorme fábrica textil. Sin diálogos de ninguna especie -los personajes hablan en un lenguaje que parece vagamente portugués-, Abreu construye su obvio pero irrefutable discurso político y su fascinante discurso formal a través de la fuerza de las puras imágenes, bien acompañadas por un impecable diseño sonoro y la música de Ruben Feffer y Gustavo Kurlat.
Al inicio de esta crítica apuntaba que El Niño y el Mundo adquiría, hacia el final, una complejidad inesperada. Agregaré esto: el segundo largometraje de Abreu es del tipo de filmes que cambian de piel en sus últimos minutos. El golpe maestro lo da, curiosamente, no el Abreu animador sino el Abreu guionista, pues en esos minutos finales nos damos cuenta que hemos estado viendo otra película muy diferente. Una cinta cuyo discurso político podrá ser todo lo obvio que se quiera pero que, gracias a ese giro argumental que no apuntaré aquí, resulta ser también doloroso. Y es que así se puede ir una vida entera: recordando el único momento de felicidad posible,compartiendo unas sencillas notas musicales. 

lunes, 30 de marzo de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXI



Timbuktu (Ídem, Francia-Mauritania, 2014), de Abderrahmane Sissako. El más reciente y multipremiado largometraje del mauritano Sissako -ganador del Premio Ecuménico en Cannes 2014, triunfador en los César 2015 con siete estatuillas incluyendo Mejor Película y Mejor Director, nomino al Oscar 2015 a Mejor Filme en Idioma Extrajero- es un mosaico narrativo ubicado en el Timbuktu del título, en Mali, cuando una banda de fundamentalistas islámicos se apoderan de la ciudad para aplicar a sangre y plomo la Sharia. El gran logro de Sissako es que, sin dejar de mostrar la tragedia, no renuncia nunca al humor ni a la humanización de todos sus personajes, víctimas y victimarios. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

Vicio Propio (Inherent Vice, EU, 2014), de Paul Thomas Anderson. ¿Inherent Vice o In(co)herent Vice, como lo señaló Jonathan Romney en su largo texto crítico para Sight and Sound del pasado febrero? El séptimo largometraje de Anderson le ha hecho ganar otra etiqueta al cineasta californiano: ya no es "el nuevo Scorsese", como solían describirlo hace algún tiempo, sino "el nuevo Altman". En todo caso, desde esta atalaya, es "el nuevo -y más autoindulgente- Altman". 
Sobre una divertidísima novela homónima de Thomas Pynchon, que se va como agua, Anderson comete un delito de lesa adaptación cinematográfica: no usar el texto de Pynchon para convertirlo en cine sino para trasladar beatamente la novela a la pantalla grande, que no es lo mismo. La fidelidad al texto original lastra enormidades la película, plagada de diálogos que no van a ninguna parte, de anécdotas que a veces son graciosas y a veces no tanto, de escenas repetitivas e inútiles, de cameos que distraen porque no agregan mucho al filme. 
La novela original de Pynchon es una suerte de re-elaboración de El Largo Adiós (1953) de Raymond Chandler, solo que ubicada en la hippiosa y mariguana California de 1970. Es, al mismo tiempo, una paranoica novela hard-boiled y su capciosa e hilarante parodia, acompañada de una banda sonora ad-hoc -en el libro, el protagonista "Doc" Sportello se lleva escuchando hits musicales de la época a lo largo de la historia.
El problema es que lo que funciona en la página no sobrevive en el filme, por más que un dedicado Joaquin Phoenix encarne con toda propiedad al mariguano de Sportello. Mi reproche no es tanto que la historia sea confusa y que abunden los cabos sueltos -después de todo, estamos ante una novela detectivesca pseudo y postchandleriana-, sino que lo que vemos en pantalla no me parece suficientemente cinematográfico. Los diálogos son interminables, el humor físico -visual, vaya- es más bien fallido y el ritmo de las actuaciones muy disparejo.
De todas formas, he leído por aquí y por allá, medio broma y medio en serio, que acaso la única forma de apreciar la grandeza de este filme es verla fumando mota. Ya sabía que mi prurito ñoño de no consumir esa cochinada me iba a provocar problemas algún día.

martes, 24 de marzo de 2015

Cuéntamela otra vez/XXXVIII

¿Era necesaria otra versión del clásico animado La Cenicienta (Cinderella, EU, 1950)? Pregunta retórica: ninguna película es “necesaria”, mucho menos un remake. En todo caso, es claro que la Casa Disney ha apostado a explotar al público femenino-infantil después del trancazo económico y cultural de Frozen: una Aventura Congelada (Buck y Lee, 2013). Y, al parecer, la apuesta ha resultado fructífera: en el momento de escribir estas líneas, la taquilla mundial de Cenicienta (Cinderella, EU, 2015) en apenas diez días, es de 250 millones de dólares con varios mercados todavía por explotar.
El décimo-cuarto largometraje del excineasta shakespeariano vuelto eficaz artesano hollywoodense Kenneth Brannagh (de Enrique V/1989 a Código Sombra: Jack Ryan/2014, pasando por Mucho Ruido y Pocas Nueces/1993 y  Thorito/2011) es un cuidadoso remake del filme animado de 1950, con todo y unos ratoncitos digitales, incluyendo al gordinflón de Gus-Gus.




El filme animado presume como fuente de inspiración la versión de Cenicienta escrita por Charles Perrault y no la mucho más violenta de los Hermanos Grimm, que castiga a las hermanastras no solo con las mutilaciones de sus pies con tal de calzar la zapatilla mágica –una de ellas se corta el talón; la otra, una de los dedos-, sino que incluso, las dos muchachas son atacadas por los pajaritos amigos de Cenicienta, quienes les sacan los ojos a picotazos. O sea, Los Pájaros (Hitchcock, 1963) avant-la-lettre.
Por supuesto, la Casa Disney de 1950 no podía permitirse asustar a las niñas con mutilaciones y pájaros asesinos, así que en el filme de hace 65 años a lo máximo que se llega es a mostrar a la pérfida madrastra en la oscuridad, con unos siniestros ojos verdes idénticos a los de su malvado gato Lucifer.
La animación de La Cenicienta no es particularmente notable –aunque hay algunos buenos momentos, cuando Cenicienta es vista a través de grandes ventanales, como si estuviera en una prisión- y las canciones, a excepción de la celebérrima “Bibbidi-Bobbidi-Boo”, completamente olvidables.



En la versión de 2015, escrita por el impredecible Chris Weitz (guionista de HormiguitaZ/Darnell y Johnson/1998, co-director de Tu Primera Vez/1999, director de Un Gran Chico/2002 y Una Vida Mejor/2011), toma algún elemento del cuento de los Hermanos Grimm  pero, por lo demás, sigue fielmente la ya mencionada versión animada de 1950, basada en el relato de Charles Perrault.
Eso sí, como en estos tiempos de “empoderamiento” femenino un personaje tan pasivo como la Cenicienta original no es políticamente correcto –ni sería aconsejable, comercialmente hablando-, la Cenicienta interpretada por Lily James (la prima rebelde y coqueta de Downton Abbey) es una muchacha, sí, de buen corazón y gentil, pero también valiente. La primera vez que conoce al Príncipe (Richard Maden, el Robb Stark de Games of Thrones), en lugar de caer rendida a sus pies, le reclama por practicar la bárbara costumbre de la cacería.
Por lo demás, no hay mayor desviación en la bien conocida historia: Cenicienta es maltratada por su madrastra (Cate Blanchett), abusada por sus dos hermanastras bellas pero ruines (Sophie McShera y Hollyday Grainger, graciosas) pero protegida por su hada madrina (Helena Bonham Carter), quien la manda al baile con suntuoso vestido azul, zapatillas de cristal, una calabaza convertida en carroza y unos ratoncitos transformados en briosos corceles blancos.
La escena del baile es el money-shot del filme, no solo por lo evidente –suntuoso diseño de producción del tres veces ganador de Oscar Dante Ferretti, elegante vestuario de la también tri-oscareada Sandy Powell- sino porque los dos protagonistas, especialmente Miss James, interpretan con una sinceridad contagiosa a sus personajes de cuento de hadas. De hecho, es un espectáculo ver bailar el vals a Miss James, siempre sonriente, echando su cabeza hacia atrás, dejándose llevar por la música, exultante de amor.
Por su parte, Blanchett es una villana perfecta que, cual Yago shakespeariano -¿guiño de Brannagh a sus lejanos orígenes fílmicos?-, cuando es confrontada por Cenicienta, no puede o no quiere dar las razones de su maldad. Solo falta que dijera: “No me preguntéis. Lo que sabéis, sabéis”. O sea: “Soy mala porque sí. Y porque estamos en un cuento de hadas”. Y en un buen cuento de hadas, por cierto. 

lunes, 23 de marzo de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXX



Güeros (México, 2014), de Alonso Ruizpalacios. La Mejor Opera Prima en Berlín 2014 llega finalmente a las salas comerciales mexicanas. Por lo menos desde esta esquina, creo que el debut de Ruizpalacios es uno de los mejores del cine mexicano del nuevo siglo, al lado de La Canción del Pulque (González, 2003), Temporada de Patos (Eimbcke, 2004) o Los Insólitos Peces Gato (Sainte-Luce, 2013). Además, presume la filípica del año (de cualquier año), que está transcrita por acá. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado

Memorias que Me Contaron (A Memória que Me Contam, Brasil, 2012), de Lúcia Murat. Soporífera cinta política en la que un grupo de exmilitantes de izquierda que lucharon en su momento contra la dictadura militar brasileña se reúnen para recordar triunfos y fracasos del pasado y analizar el presente que han heredado a sus hijos. Vi esta cinta en La Habana 2013 cuando fungí como jurado FIPRESCI. Recuerdo que no encontré con un alma -habanera, extranjera- que hablara bien de ella. Por algo será.

martes, 17 de marzo de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXVIII y CCLXXIX



Más, bien los dos pasados fines de semana, pues entre la programación del FICUNAM y Guadalajara, no había tenido oportunidad de revisar la cartelera comercial/cultural, como sigue:

No Confíes en Nadie (Before I Go to Sleep, EU-GB-Francia-Suecia, 2014), de Rowan Joffe. Un rutinario churro, entre el thriller y el melodrama femenino, que se redime, en parte, por las presencias de Colin Firth y Mark Strong. Nicole Kidman, por cierto, es la amnésica heroína. Yo quisiera olvidar que la vi. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes 6 de marzo. 

El Último Elvis (Argentina, 2012), de Armano Bo. Después de haberse exhibido hace un año en la 56 Muestra, vuelve la opera prima del recién oscareado Armando Bo a la Cineteca y su circuito cultural. Escribí de ella por acá.

Sangre de Mi Sangre (Musarañas, España, 2014), de Juanfer Andrés y Esteban Roel. La opera prima a cuatro manos del español Andrés y el mexicano Roel -producida por Alex de la Iglesia, nada menos- es un desbordado thriller ubicado en la España franquista de los años 50. 
Montse (Macarena Gómez, desatada) es una modista agorafóbica que no osa poner un pie fuera de su espacioso departamento. Su hermana menor a la que llama "niña" (Nadia de Santiago) acaba de cumplir 18 años y, por supuesto, ya no es una "niña". El padre de ambas desapareció hace 14 años, cuando estalló la Guerra Civil y Montse ha sido no la segunda madre de su hermanita sino la única, pues la verdadera mamá murió en el parto de la susodicha "niña". El enfermizo equilibrio entre las dos hermanas -Montse castiga a varazos a su hermana cuando la ve platicar desde la ventana con un muchacho- se rompe en definitiva cuando a la puerta de su departamento cae, literalmente, Carlos (Hugo Silva), el atractivo vecino del piso de arriba. El hombre, lastimado y con la pierna rota, es acogido por la emocionada Montse y provoca la curiosidad de la hermanita menor.
Sangre de Mi Sangre no intenta ocultar ninguna de sus muchas deudas -la música de los créditos a lo Bernard Herrmann de De entre los Muertos (Hichcock, 1958), una hijita de papá (Luis Tosar) encerrada en su propio espacio a la manera del Norman Bates de Psicosis (Hitchcock, 1960), un masculino objeto del deseo tendido en la cama (cf. El Engaño/Siegel/1971) y otros más-, pero que, a pesar de (¿o gracias a?) estas derivaciones bien asumidas, logra sostener el interés de principio a fin, con una fluida puesta en imágenes -cámara de Ángel Amorós- y una enérgica ejecución que no teme cambiar de tono a la brava -puede pasar del melodrama negro a la comedia esperpéntica en la misma escena- ni se arredra ante la violencia gráfica o el gore más desaforado. 
Es cierto que la cinta se sale de madre de vez en vez. ¿Influencia del productor Alex de la Iglesia o falta de disciplina del par de cineastas debutantes? No importa: de todas maneras, estamos ante un debut más que meritorio.

Ojos Grandes (Big Eyes, EU-Canadá, 2014), de Tim Burton. La más reciente cinta de Burton está fatalmente quebrada. Aunque la historia daría para un sublime woman's film -y, de hecho, en algún momento el filme coquetea con esta fórmula clásica-, la ejecución de Burton apunta en otra dirección. O, más bien, en varias direcciones, ninguna de ellas particularmente lograda.
El guión, escrito por Scott Alexander y Larry Karaszewski (autores del guión de la obra mayor burtoniana Ed Wood/1994), está basada en un caso real: a fines de los 50, Margaret Ulbrich (Amy Adams, muy justa) tomó de la mano a su hijita, abandonó a su marido y se fue a vivir a San Francisco con la única posesión de un puñado de cuadros pintados por ellas. Su única temática -por lo menos en ese momento- era los sucesivos retratos de niños y niños con los ojos grandes del título. Por esa época, Margaret se casó con el también (dizque) pintor Walter Keane (Christoph Waltz), de quien tomaría el apellido para firmar sus obras. Por una confusión que el propio Keane no se encarga de aclarar, la gente empieza a creer que él es el autor de los populares retratos infantiles con los chicos ojotes. La mentira va creciendo y cuando menos lo piensa, la inarticulada y aplastada Margaret se ha convertido en cómplice del engaño.
Contada así, la historia, insisto, grita por un tratamiento melodramático tradicional, especialmente cuando en la segunda parte del filme, Margaret lucha no solo por el reconocimiento de su talento, sino por su propia libertad como mujer. Sin embargo, Burton parece estar más interesado en otro tema, acaso más personal: la relación del artista y su obra con todo lo que le rodea. Es decir, el mercado, la crítica, el público.
Independientemente de lo que pensemos de su obra, queda claro que Margaret tiene un talento natural y no sabe -y no quiere y no puede- hace otra cosa más que pintar. De alguna manera, se trata de una prima hermana del risible pero conmovedor Ed Wood de la cinta homónima: su entusiasmo y dedicación no está en duda y de esto mismo -además de su condición de mujer de los 50, que pasó de hija a esposa a madre- se aprovecha su carismático marido transa para explotarla.
La cinta, cuya puesta en imágenes es previsiblemente impecable -brillante fotografía de Bruno Delbonnel, llamativo diseño de producción de Rick Heinrich-, termina deslizándose en el final hacia la farsa más desbocada, con un Christoph Waltz salido de madre. No sé, tal vez eso debió hacer Burton para dotar de coherencia a esta película disfrutable pero muy menor.

Un Encuentro (Un Rencontre, Francia, 2014), de Lisa Azuelos. Una muy disfrutable comedia romántica madurona entre un ligero Francois Cluzet y una despampanante -¡y a sus 48 años!- Sophie Marceau. La dinámica puesta en imágenes de la comediógrafa Azuelos ayuda a digerir mejor este buen palomazo de fin de semana. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes 13 de marzo.

El Mudo (Perú-Francia-México, 2013), de Daniel y Diego Vega. Vista en La Habana 2013, finalmente ha llegado este filme, el segundo largometraje de los hermanos Vega (Octubre, 2010), al circuito cultural de la Cineteca. Por desgracia, es de suponerse que no pase de ahí.
Constantino Zegarra “Zegarrita” (espléndido Fernando Bacilio) es un serio, aburrido e incorruptible juez que siempre impone las penas más severas posibles a sus acusados Cierto día, una bala perdida lo alcanza en el cuello, por lo que después de la operación, el juez se transforma en el mudo del título, pues apenas puede medio hablar a través del esófago. “Zegarrita” cree a pie juntillas que esa bala iba dirigida a él, por lo que decide investigar cuál de los 800 tipos que ha condenado es el culpable del susodicho atentado.
Estamos ante es una impasible comedia del absurdo latinoamericano -el de la justicia, el Estado de Derecho, la corrupción- a través de una controlada puesta en imágenes y jocosa capacidad de observación de parte de los hermanos Vega. 

Stella Candente (España-Italia, 2014), de Lluís Miñarro. Recién exhibida en el FICUNAM 2015, ha llegado a las salas de la Cineteca Nacional el tercer largometraje -primero de ficción- del productor y ocasional cineasta barcelonés Luis Miñarro.
Se trata de la irreverente crónica del efímero reinado de Amadeo I, elegido por el Parlamento para gobernar España en 1870. Harto de ese país ingobernable (¿"Qué se nos ha perdido en este país tan extraño?", le dice en algún momento su mujer), el aristócrata de origen italiano terminó abdicando al trono en 1873. 
Miñarro no está interesado en hacer un filme de época a la antigüita, lo que está muy bien. Abundan los anacronismos camp -la banda sonora con identificables canciones pop francesas es una delicia- y la fotografía de Jimmy Gimferrer -quien aparece en cameo como el cadáver del General Prim, bien conocido en la historia mexicana- es todo lo pictórica que uno podría esperar. Sin embargo, los interludios pansexuales/gays están de más -digo, ¿agrega algo ver a uno de los criadores cogerse un melón?, ¿qué tiene de especial el romance entre el asistente del rey y uno de los criados?- y Miñarro se engolosina en sus episodios de imaginería (dizque) surrealista. Como dijera la cada vez más admirada Luz Alba hace 70-80 años: "¡Tijeras, tijeras, tijeras!".

domingo, 15 de marzo de 2015

Guadalajara 2015... en un vistazo




Ya finalizó el Festival Internacional de Cine en Guadalajara y, como siempre, he aquí la lista de las cintas programadas que vi, en orden de preferencia. Como siempre, las calificaciones positivas van de uno a cuatro asteriscos; las negativas, de una a dos cruces. 


El Conformista (Il Conformista, Italia-Francia-RFA, 1970), de Bernardo Bertolucci. Retrospectiva Bernardo Bertolucci: ***

César Debe Morir (Cesare Deve Morire, Italia, 2012), de Paolo y Vittorio Taviani. Cruzando los Géneros Fílmicos: ***

Se Levanta el Viento (Kaze tachinu, Japón, 2013), de Hayao Miyazaki. Cine para niños: ***

Reality (Ídem, Italia, 2012), de Matteo Garrone. Panorama del cine italiano: ***

La Isla Mínima (España, 2014), de Alberto Rodríguez. Largometraje Iberoamericano de Ficción: ***

Qué Extraño Llamarse Federico (Che strano chiamarsi Federico, Italia, 2013), de Ettore Scola. Cine italiano documental: ** 1/2

A Girls Walks Home Alone at Night (Irán, 2014), de Ana Lily Amirpour. Panorama Internacional: ** 1/2

El Incidente (México, 2014), de Isaac Ezban. Industria Incluyente: ** 1/2

600 Millas (México, 2015), de Gabriel Ripstein. Hecho en México: ** 1/2

Los Reyes del Pueblo que No Existe (México, 2014), de Betzabé García. Largometraje Documental Iberoamericano: **1/2

Ixcanul (Guatemala-Francia, 2015), de Jayro Bustamante. Largometraje Iberoamericano de Ficción: ** 

El Patrón, Radiografía de un Crimen (Argentina, 2014), de Sebastián Schindell. Largometraje Iberoamericano de Ficción: **

Las Oscuras Primaveras (México, 2014), de Ernesto Contreras. Industria Incluyente: **

El Tiempo Suspendido (México, 2015), de Natalia Bruschtein. Largometraje Documental Iberoamericano: **

Juanicas (México-Canadá, 2014), de Karina García Casanova. Largometraje Iberoamericano Documental: **

No Todo es Vigilia (España-Colombia, 2014), de Hermes Paralluelo. Largometraje Documental Iberoamericano: **

Tras Nazarín: El Eco de una Tierra en otra Tierra (México-España, 2014), de Javier Espada. Largometraje Documental Iberoamericano: **

NN (Perú, 2014), de Héctor Gálvez. Largometraje Iberoamericano de Ficción: **

El Capital Humano (Il Capitale Humano, Italia, 2014), de Paolo Virzi. Galas: **

El Jeremías (México, 2015), de Anwar Safa. Largometraje Iberoamericano de Ficción: * 1/2

La Delgada Línea Amarilla (México, 2015), de Celso García. Largometraje Iberoamericano de Ficción: * 1/2

Made in Bangkok (México-Alemania, 2015), de Flavio Florencio. Premio Maguey: * 1/2

Historia del grupo Nuevo Cine (México, 2015; 49 minutos), de Claudio Isaac y Jaime Kuri. Nuevo Cine: *1/2

La Teta de Botero (México, 2014; 18 minutos), de Humberto Busto. Cortometraje Iberoamericano: * 1/2

Dólares de Arena (México-Argentina-República Dominicana, 2014), de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas. Pemio Maguey: *

Persiguiendo al Dragón (Colombia, 2014), de Juan Carlos Olmos Feris. Largometraje Documental Ibroamericano: *

El Libro de la Vida (The Book of Life, México-Estados Unidos, 2014), de Jorge R. Gutiérrez. Cine para Niños: *

Al Otro Lado del Paraíso (O Outro Lado do Paraiso, Brasil, 2014), de André Ristum. Largometraje Iberoamericano: *

Ella es Ramona (México, 2015), de Hugo Rodríguez. Hecho en México: *

Shih (México-España-Argentina, 2014), de Bruno Zaffora y Rafael Ortega Velderrain. Largometraje Documental Iberoamericano: *

Choele (Argentina, 2014), de Juan Saisaín. Largometraje Iberoamericano de Ficción: +

Estrellas Solitarias (México, 2015), de Fernando Urdapilleta. Premio Maguey: + 1/2

Las Tetas de Mi Madre (Colombia, 2014), de Carlos Zapata. Largometraje Iberoamericano de Ficción: ++

Tierra Caliente (México-GB, 2015), de Laura Plancarte. Mexicanos en el Extranjero: ++

Alicia en el País de María (México, 2014), de Jesús Magaña Vázquez. Hecho en México: ++

Cuando Den las Tres (México, 2014), de Jonathan Sarmiento. Largometraje Iberoamericano de Ficción: ++

sábado, 14 de marzo de 2015

Guadalajara 2015: Ganadores/VIII



Hoy se entregó el palmarés de Guadalajara 2015 como sigue:


MENCIÓN ESPECIAL CORTO IBEROAMERICANO
Trémulo (México, 20 min.), de Roberto Fiesco.


MEJOR CORTOMETRAJE IBEROAMERICANO.
Premio por $75,000.00 mil pesos mexicanos al director.
Castillo y el Armado (Brasil, 14 min.), de Pedro Harres.


PREMIO RIGO MORA MEJOR CORTOMETRAJE MEXICANO DE ANIMACIÓN.
 Premio Rigoberto Mora de $100,000.00 pesos mexicanos al director
Zimbo (México, 10 min.), de Juan José Medina y Rita Basulto..


 MENCIÓN ESPECIAL DOCUMENTAL IBEROAMERICANO
 Juanicas (México – Canadá), de Karina García Casanova.

  
PREMIO ESPECIAL DEL JURADO DE CINE DOCUMENTAL IBEROAMERICANO
Premio $100,000.00 pesos mexicanos al director
 El tiempo suspendido, de Natalia Bruchstein.

MEJOR DOCUMENTAL IBEROAMERICANO
Premio por $150,000.00 pesos mexicanos al director
La once, Tea Time (Chile-Estados Unidos), de Maite Alberdi.
 
PREMIO AL MEJOR GUIÓN IBEROAMERICANO
La delgada línea amarilla (México), de Celso García

PREMIO A MEJOR FOTOGRAFÍA IBEROAMERICANA
¡Que viva la música! (Colombia-México), de Juan Carlos Gil.

PREMIO A LA MEJOR ACTRIZ IBEROAMERICANA
Claudia Muñiz, Marianela Pupo y Maribel García Garzón por Venecia (Cuba / Colombia), de Kiki Álvarez.

PREMIO A MEJOR ACTOR IBEROAMERICANO
Joaquín Furriel por El Patrón, radiografía de un crimen (Argentina), de Sebastián Schindel.

 PREMIO A LA MEJOR ÓPERA PRIMA IBEROAMERICANA
Premio de $125,000.00 pesos mexicanos
El Patrón, radiografía de un crimen (Argentina), de Sebastián Schindel.

 PREMIO ESPECIAL DEL JURADO AL LARGOMETRAJE IBEROAMERICANO DE FICCIÓN
Premio de $125,000.00 pesos mexicanos a la compañía productora mayoritaria.
La delgada línea amarilla (México) de Celso García.

PREMIO AL MEJOR DIRECTOR IBEROAMERICANO
Premio de $150,000.00 pesos mexicanos
Ixcanul (Guatemala-Francia), de Jayro Bustamante.

PREMIO DEL PÚBLICO EN INFINITUM A MEJOR PELÍCULA MEXICANA DE FICCIÓN.
El Premio del Público está dotado por $100,000.00 pesos mexicanos
La Delgada Línea Amarilla (México), de Celso García.

PREMIO A LA MEJOR PELÍCULA IBEROAMERICANA
Premio de $250,000.00 pesos mexicanos a la compañía productora mayoritaria
Ixcanul (Guatemala-Francia), de Jayro Bustamante. 

MENCIÓN ESPECIAL PREMIO MEZCAL
 El tiempo suspendido (México), de Natalia Bruchtein.

MENCIÓN ESPECIAL PREMIO MEZCAL
Shih (España / México / Argentina), de Bruno Zaffora y Rafael Ortega Velderrain.

  PREMIO MEZCAL A LA MEJOR PELICULA MEXICANA
$500,000.00 pesos mexicanos para el director de la película.
600 millas (México) , de Gabriel Ripstein.

Algunos comentarios a vuela-pluma: estamos ante un palmarés decente, sin mariachazos de ningún tipo. Acaso habría que reprochar la ausencia de La Isla Mínima -¿de verdad ni el premio a la Mejor Fotografía se mereció?- pero sé por experiencia propia que los jurados festivaleros no suelen tener en gran valía el cine de género ni las comedias. Y como La Isla Mínima parece poco más que True Detective a la española -en realidad. es mucho más-, no me extraña el ninguneo.
El premio FIPRESCI se otorgó ayer a El Tiempo Suspendido lo cual fue una buena elección en más de un sentido: a diferencia del año anterior, cuando a los jurados de FIPRESCI nos limitaron a elegir solamente la mejor cinta mexicana de ficción, esta vez el nuevo jurado pudo elegir la mejor película mexicana a secas. Había otras opciones, a mí parecer -600 Millas y Los Reyes del Pueblo que No Existe- pero El Tiempo Suspendido no es una mala elección.
Finalmente, en cuanto a la calidad de la programación se refiere, hay que apuntar que, para variar, hubo varios petardos nacionales, pero por fortuna solo uno dentro de la competencia oficial: Cuando Den las Tres. No sé cómo fue elegida para competir oficialmente. Aunque, para ser francos, la competencia iberoamericana tuvo también otros petardos latinoamericanos, como la argentina Choele y la colombiana Las Tetas de Mi Madre -me comentaron que también había que anotar a la dominicana María Montez, pero esa no la vi.
De todas formas, insisto, los jurados le sacaron la vuelta grácilmente a los churros, premiaron lo que era premiable y cometieron, acaso, un par de injusticias en el camino. En suma, un resultado muy decente.

viernes, 13 de marzo de 2015

Guadalajara 2015: La Isla Mínima/VII



Al salir de ver La Isla Mínima (España, 2014), quinto largometraje de Alberto Rodríguez (Grupo 7, 2012), la mejor película que vi en la competencia iberoamericana de Guadalajara 2015 -aclaro: no la vi toda-, un colega me comentó, despectivamente: "Nah, es puro True Detective". 
Sí y no: sí, es cierto, hay dos policías de personalidades encontradas resolviendo un crimen en un lugar alejado y pantanoso -no en el sur americano, sino en el sur español, en las marismas de Guadalquivir, en Andalucía-, se encuentran cadáveres de jovencitas salvajemente mutilados, se tienen que desenterrar viejos crímenes y muchas personas -poderosas o no tanto- tienen mucho qué esconder. Pero no, La Isla Mínima no es copia de True Detective. De hecho, la cinta dirigida por Rodríguez -presentada en San Sebastián 2014- apareció de manera prácticamente paralela a la serie televisiva. En todo caso, La Isla Mínima y True Detective -y muchas otras cintas o series televisivas más- abrevan de la misma fórmula arcaica de la pareja/dispareja, aplicada en la comedia, el melodrama o, como en este caso, el thriller con asesino serial suelto.
El logro mayor de La Isla Mínima no es rehuir esta fórmula sino apropiarse de ella y usarla a la mejor conveniencia para, a través de un género popular bien identificado por cualquier espectador, dejar caer una serie de reflexiones políticas sobre la España del inmediato postfranquismo. Guardando las debidas distancias, lo que ha hecho Rodríguez aquí es lo que hacían los cineastas americanos de los 40/50, descritos por Scorsese como "contrabandistas". Es decir, a través de un género de evasión pura (el thriller), con todos los clichés temáticos y estilísticos de rigor (incluyendo una formidable persecución en auto en plena oscuridad), Rodríguez termina haciendo otras cosas mucho menos evidentes. 
Estamos, decía, en el sur español de 1980, en algún pueblito cerca de Sevilla, cuando España empezaba su nueva vida democrática. La cámara multipremiada de Alex Catalán nos presenta, en magníficas pero extrañas tomas aéreas una España desconocida: las aguas, los canales y los arrozales de esas marismas nos ubican en un territorio excéntrico, casi fuera de este mundo. 
Dos policías, el veterano Juan (Javier Gutiérrez, mejor actor en San Sebastián 2014 y en el Goya 2015) y el más joven Pedro (Rául Arévalo) llegan a investigar la desaparición de dos hermanas, dos muchachitas de 17 y 16 años a las que parece habérselas tragado la tierra. O el agua, en todo caso. Resulta que no es así: muy pronto se encuentran los cadáveres de ellas y, más aún, los detectives se dan cuenta que ese lugar remoto de la península española es rico en desapariciones de jovencitas.
La Isla Mínima empieza con la descripción de los dos personajes centrales: Juan es el veterano curtido, aparentemente corrupto, un policía de la vieja escuela identificado por un periodista (Manolo Solo) como miembro de "la GESTAPO de Franco". Pedro, al contrario, es joven, está recién casado, es un idealista, liberal y ha sido enviado ahí como castigo por haber escrito una carta abierta en un periódico. El planteamiento es obvio: un policía "bueno" y un policía "malo" luchan por hacer su trabajo en una España que supuestamente ha cambiado mucho por la llegada de la democracia pero que, en realidad, no es así. 
La investigación avanza y retrocede, como suele suceder en este tipo de cintas, a través de triunfos, retrocesos y pistas falsas. Sin embargo, al llegar al final del camino, con todo y el caso resuelto, el resultado es de cualquier manera, amargo. Es cierto que se ha evitado otro crimen, es cierto que se ha detenido el mal, es cierto que han ganado "los buenos" pero, ¿a qué precio ha sucedido todo esto? Y a todo esto, ¿quiénes son los buenos? 
El desenlace de La Isla Mínima es descorazonador: el pequeño triunfo logrado por Pedro "el bueno" -a través de Juan "el malo", en gran medida- significa, de alguna manera, una traición. La España "nueva" nace comprometida con el pasado. Y con ello, ha comprometido el futuro. Ha comprometido a la España de hoy.

jueves, 12 de marzo de 2015

Guadalajara 2015/VI



Dos documentales mexicanos sobre el tema de la familia y la memoria, dos cineastas mujeres debutantes con orígenes o lazos nacionales, dos filmes personalísimos que trascienden el mero exorcismo azotado.
Juanicas (México-Canadá, 2014), primer largometraje de Karina García Casanova, inicia con la revisión de una cajas que contienen los objetos de Juan -el "Juanicas" del título-, hermano mayor de la cineasta. La madre de ambos, de la directora y de Juan, es la alegre y rechoncha Victoria. No sabemos bien a bien qué ha pasado con Juan -¿murió?, ¿se fue?-, así que letrero de por medio, viajamos ocho años atrás, cuando el citado Juan llegó a Montreal a vivir con su mamá y su hermana. Karina, desde entonces, toma su cámara -estaba haciendo un ejercicio para su escuela, supongo de cine- y filma el re-encuentro con el hermano a lo largo de varias semanas. Al principio, todo parece ir perfecto -el inquieto Juan comparte sus "sueños guajiros" frente a la cámara- pero poco a poco, a través del regreso al pasado remoto mediante fotos y películas caseras y a través del retorno al presente, con madre e hija revisando las cajas y platicando, nos damos cuenta que la familia García Casanova ha vivido un infierno durante muchos años.
La madre, diagnosticada como maníaco-depresiva y bipolar, parece una mujer alegre, articulada, hechona, pero los testimonios del pasado nos entregan un retrato muy diferente. Su discapacidad mental le ha sido heredada a Juan, quien desde adolescente, le hizo la vida imposible a la madre y a la hermana. Ese retorno a Montreal, señalado por letreros en los que se nos indica las constantes recaídas de Juan -seis meses encerrado sin salir de su cuarto, tres años sin salir de la casa, ataques constantes a la madre, intentos de suicidio, detención en la cárcel para llevarlo a juicio- forman el centro de un duro documental sobre la depresión y la bipolaridad y de qué manera se puede sobrevivir -o no- a ella. Porque si vemos a Victoria salir adelante, siempre contenta, siempre cantando, ¿no podrán los demás hacer lo mismo? 
Hacia el final, la propia cineasta, en off, menciona que en estos casos hay que separar la enfermedad del enfermo. Es decir, hay que odiar a la enfermedad, y no a la persona. Por supuesto, es lo recomendable, es lo justo, es lo humano. Pero, ¿qué pasa cuando la enfermedad es indistinguible de la persona, de los recuerdos infantiles, de la vida misma?
Otro viaje al pasado familiar es El Tiempo Suspendido (México, 2015), opera prima documental de la argentina emigrada a México Natalia Bruchstein. La egresada del CCC, que vive en nuestro país desde 1976, se acerca también al pasado familiar a través del presente. 
Su abuela, Laura Bonaparte, de bien cumplidos 86 años, es una mujer alta que, de joven, uno sospecha, fue muy atractiva. Y, en efecto, en cuanto empiezan a aparecer las fotos familiares, uno lo constata. Laura, ahora, está en un asilo porque la memoria se le está yendo: no reconoce, a veces, ni a sus propios hijos vistos en las fotos. No sabe cuáles son sus nietos ni bisnietos y pregunta lo mismo una y otra vez.
La paradoja asoma de inmediato: Laura perdió a sus tres hijos, desaparecidos por la dictadura argentina -también a su marido, de quien ya estaba separado cuando ella vivía en México- y fue una de las fundadoras de las Madres de la Plaza de Mayo. Es decir, esta brava mujer, que luchó para que nadie olvidara la muerte de sus hijos y de los miles de desaparecidos, ahora lucha para recordar quién es ella. Y como la propia anciana lo dice en algún momento, sin memoria no hay identidad posible. Y ella la está perdiendo.
La nieta Bruchstein cuenta la historia de su abuela sin chantajes de ninguna especie: lo evita la propia personalidad de Laura, con sus arranques de lucidez, con su coquetería innata (se niega a recordar "el amor de su vida", que no fue su marido) y su dignidad inapelable. Al final, este documental no trata tanto de hacerle recordar su pasado a la abuela, sino de no olvidarla a ella ni a lo que queda de su memoria. 
Aunque Laura lo tiene muy claro: al morir ella, morirán también, de alguna forma, sus tres hijos desaparecidos. Ya no habrá quién los recuerde como ella lo hace. El Tiempo Suspendido es el (¿fatuo?) intento de la nieta para que esto no suceda. No por completo.