domingo, 12 de marzo de 2017

Guadalajara 2017/II



El cine mexicano de ficción en la competencia oficial -y fuera de ella- programado en Guadalajara 2017 ha sido, en el mejor de los casos, irregular. Con la notable excepción de La libertad del diablo (González, 2017) -que es documental y está reseñado por acá- y de una bienvenida opera prima del CCC de la que escribo en esta misma entrada, lo que ha dominado en el cine mexicano de ficción que he visto hasta el momento ha sido la insuficiencia o el exceso.
Bruma (México-Alemania, 2017), segundo largometraje de Max Zunino (apreciable opera prima Los bañistas/2014), es un ejemplo claro de insuficiencias. De hecho, cuando la cinta ha terminado, aparece en la pantalla un letrero que ¿se disculpa?, afirmando que "esta película fue hecha con técnicas de improvisación". No shit, Sherlock.
El guion, escrito por el propio cineasta y su carismática musa/actriz Sofía Espinosa, es una retahíla de cabos sueltos narrativos. Martina (Espinosa, siempre bienvenida) es despedida del negocio familiar por su mala costumbre de robar. Uno al principio cree que la muchacha ha hecho un desfalco importante o algo por el estilo, pero luego queda claro que no: Martina es más bien cleptómana. Lo mismo hurta un salero que un adornito cualquiera, unos lentes o algún libro. Para completar el cuadro, la desempleada Martina descubre que está embarazada y como quiere salir huyendo de su novio Agustín (César Ramos), decide porque sí irse a Alemania a buscar a su padre que no conoce. Allá en Berlín descubrirá que su papá tuvo sus quereres con un travesti cantarín (Dieter Rita Scholl) y ahí mismo le caerá el novio para reclamarle por qué está huyendo de él.
La cinta avanza  -es un decir: más bien se estanca- al ritmo de los cambio de ánimo de Martina, varios personajes aparecen/desaparecen de la nada -que si un grupo de jóvenes tomando cerveza, que si una mesera amigable, que si el propio padre de Martina- y el filme termina dejando todo colgado, dependiente de los caprichos de la protagonista... y de la improvisación de sus hacedores.
Nocturno (2016), segundo largometraje de Luis Ayhllón, es el ejemplo más claro del otro extremo, el de los excesos. La cinta inicia promisoriamente: Oliverio (Juan Carlos Colombo) un hombre muy enfermo, agonizante, es dejado por su mujer en manos de Ana (Irela de Villers), una correosa enfermera profesional.
Muy pronto queda claro que Ana está ahí, en realidad, por otras razones. No voy a revelar la vuelta de tuerca -demasiado arbitraria para mi gusto-, pero baste decir que los pocos aciertos del filme -por ejemplo, algunos diálogos bastante agudos, cierta escena en la que uno de los hijos (Ari Brickman) visita a Oliverio- terminan ahogados en una segunda parte de pura sordidez pseudo-ripsteniana en el que aparecen -mediante animación del también cinefotógrafo Alex Argüelles- una violación infantil, un asesinato, un incesto y otras linduras de este tipo.
Por su parte, Sueño en otro idioma (México-Holanda, 2017), que acaba de triunfar en Sundance 2017 -ganó el premio del público por esos lares-, inicia con los más curiosos augurios: el joven lingüista Martín (Fernando Álvarez Rebeil) llega al pueblito veracruzano de San Isidro para tratar de rescatar el zikril, un lenguaje a punto de extinguirse. En el pueblo quedan solo tres personas que hablan esta (ficticia) lengua: una anciana que muere al día siguiente que Martín llega y dos viejos, Isauro y Evaristo (José Manuel Poncelis y Eligio Meléndez, muy bien los dos), que tienen medio siglo que no se hablan entre ellos. La razón, le dice la nieta de Evaristo (guapísima Fátima Molina) a Martín, es que los dos ancianos se enamoraron de la misma mujer, María (Nicolasa Ortiz Monasterio) y pelearon casi a muerte por ella cuando eran jóvenes. María se casó con Evaristo y desde entonces Isauro, que nunca aprendió a hablar español, vive solitario en su cabaña.
Al inicio, la mirada amable del cineasta, el experimentado Ernesto Contreras -que, como de costumbre, filma un guion de su hermano Carlos-, nos guía hacia una suerte de entretenida comedia rural de encuentros y desencuentros geriátricos, una especie de Dos viejos gruñones (Petrie, 1993) con todo y versiones indígenas de Jack Lemmon y Walter Matthau. Hasta aquí la película funciona bien: el problema, sin embargo, aparece en la segunda parte, cuando sabemos la auténtica razón de la enemistad entre Isauro y Evaristo. Más allá de que la causa tiene algo de originalidad en el contexto cultural del filme, lo cierto es que los hermanos Contreras terminan engolosinados en el tema y la película se vuelve repetitiva. Más aún: al lamentable estancamiento habría que agregar el exceso de una cursi resolución realista-magicosa. En fin, qué sé yo: al público de Sundance le encantó ese final, al parecer. 
Si el pecado de Sueño en otro idioma son los excesos de su segunda parte, el problema de Los crímenes de Mar del Norte (México, 2017), el más reciente largometraje del veterano José Buil, son las carencias.
Aunque la película está impecablemente producida y bien fotografiada en un blanco y negro muy ad hoc por Claudio Rocha, a la historia de los asesinatos cometidos en la Ciudad de México en 1942 por el célebre asesino serial Goyo Cárdenas le faltó algo fundamental: una pizca de perversidad.
Me explico: para hacer una buena película con asesino serial en ristre -y, además, estrangulador-, hay que ser capaz de imprimirle al filme un tono torcido -digamos, el de Hitchcock en Frenesí (1972)- o, por lo menos, tener una severa mirada clínica -digamos, la de Fleischer en El estrangulador de Boston (1968). Buil, por desgracia, no tiene ni lo uno ni lo otro: los tres primeros crímenes cometidos por el Goyo Cárdenas de Gabino Rodríguez son casi antisépticos. Hacia el final, cuando Goyo ultima a su noviecita santa Graciela (Sofía Espinosa again), tanto el asesino serial como el cineasta se sueltan el chongo, pero ya es demasiado tarde. Igual, la cinta no carece de interés, aunque sea porque es la primera película que trata directamente del caso Goyo Cárdenas -aunque, claro, El profeta Mimí (Estrada, 1973) ya era una aproximación al tema.
La grata sorpresa del cine mexicano de ficción -hasta el momento, insisto- ha sido Ayúdame a pasar la noche (México, 2017), opera prima del egresado del CCC José Ramón Chávez Delgado.
Rodrigo (Hernán Mendoza) y sus dos hijos, el veinteañero Luis (Diego Calva Hernández) y el niño Carlos, esperan inútilmente a la esposa/madre Paty (Elena de Haro) que se encuentra en algún casino de León, Guanajuto, gastándose el dinero de la colegiatura de Carlitos. Harto de la situación, Rodrigo llena una maleta, va y se la avienta a Paty en el casino mismo -¿cuántas veces no hemos escuchado esta leyenda urbana?- y le dice que la quiere fuera de su casa. 
El debutante Chávez Delgado cayó en blandito: por un lado, cuenta con un guion de Claudia Saint-Luce, que sabe crear situaciones incómodas y graciosas a la vez, además de tener un talento especial para dotar a sus personajes de diálogos reveladores; por el otro, el cuadro de actores está comandado por Hernán Mendoza, que es incapaz de hacer algo mal. Hay una naturalidad irresistible en el trabajo de Mendoza, a tal grado que hay ocasiones que parece que no estamos viendo el trabajo de un actor sino el comportamiento real y auténtico de un tipo cualquiera. 
Debo confesar que cierto acontecimiento que sucede hacia el final no me convenció en lo absoluto -el guion de Saint-Luce cae momentáneamente en un tremendismo fuera de lugar-, pero esto es algo menor si tomamos en cuenta la inesperada vuelta de tuerca del desenlace, que nos hace repensar todo lo que creíamos que sabíamos de Carlitos, el precoz hermanito menor. Un buen debut de Chávez Delgado, sin duda alguna. 

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