domingo, 5 de marzo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXII




El botón de nácar (Chile-Francia-España-Suiza, 2015), de Patricio Guzmán. El más reciente largometraje documental de Patricio Guzmán está conectado con su anterior filme, el superior Nostalgia de la luz (2010) en su afán de explorar, encarar e inquirir el pasado de Chile, el milenario y el reciente, viendo hacia los cielos y volteando abajo, hacia la tierra. O, en este caso, hacia el mar.
Así como el desierto de Atacama, el lugar más seco del planeta, fue el espacio en el que se desarrolló Nostalgia de la luz, esta vez Guzmán se dirige a las extensas costas chilenas, que se extienden más de 4 mil kilómetros en el Pacífico del sur americano. Ahí, Guzmán mismo -él es el narrador en off- nos guía por un pasado oculto, olvidado: el exterminio de los indígenas que habitaron la Patagonia occidental, llegados ahí hace 10 mil años y que, hacia fines del siglo XIX, poco antes de su desaparición, llegaron a ser 8 mil personas que navegaban esas costas en unas 300 canoas. Ahora, en el presente, los descendientes de los kawésqar no llegan a 20 y algunos de ellos, no es de extrañar, no se consideran ni siquiera chilenos.
El exterminio indígena fue "natural" -el contacto de los colonos y misioneros hizo que contrajeran enfermedades europeas- pero también inducido: llegado el momento, se pagaba dinero contante y sonante por cada indio muerto, identificado por una parte de su cuerpo. A la desaparición física le siguió la absorción cultural, como el caso emblemático de un adolescente indio, bautizado Jemmy Button, que por un botón de nácar -de ahí el título del filme- fue comprado y llevado en 1830 a Inglaterra por un explorador. Al regresar años después a su tierra, Jemmy ya nunca fue el mismo, perdido para siempre en su desarraigo.
Hacia el final, Guzmán vuelve al tema recurrente de su obra: los otros desaparecidos, los del régimen dictatorial de Pinochet, pues las costas de la Patagonia y la Isla Dawson -en donde estuvo una de las primeras misiones católicas en esa parte de Chile- fueron escenario de otro tipo de atrocidades. Ahí, en ese vasto océano que se une en el horizonte con el cielo, fueron echados al mar entre 1,200 y 1,400 presos políticos después de haber sido encarcelados y torturados en la Isla Dawson. Así pues, la exploración antropológica del inicio se (con)funde con la exploración forense del final, cuando sabemos del cadáver de una tal Marta Ugarte, arrojada al mar en algún momento de la dictadura. Un acto criminal tan consciente y planeado como el exterminio indígena del siglo XIX.
El círculo se cierra cuando un buzo encuentra en el fondo del océano un riel, señal de que ahí fue arrojado un cuerpo humano, pues los presos políticos eran echados al mar desde un helicóptero y amarrados a un riel para asegurar su hundimiento. Abajo del objeto metálico, el buzo encuentra un botón, otro más, el último vestigio de un ser humano que murió bajo el agua, un mero objeto redondo y pequeño que nos recuerda la inmensidad de los crímenes cometidos y la necesidad de no olvidarlos. (***)

Sola contra el poder (Miss Sloane, EU-Francia, 2016), de John Madden. Un vehículo de lucimiento de la siempre bienvenida Jessica Chastain que interpreta con singular convicción a una poderosa y feroz cabildera que empuja -¿por mero afán de ganar?- una iniciativa para regular las armas de fuego en el Senado gringo. Por el tema que trata y por su estructura narrativa, la cinta nunca deja de ser interesante; por desgracia, hacia el final, la película se desbarranca por tanta vuelta de tuerca telenovelera. De cualquier forma, un buen palomazo de fin de semana. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

Mimosas (Ídem, Francia-España-Marruecos-Rumania-Qatar, 2016), de Oliver Laxe. Un envejecido sheik, guiado por dos tipos que busca aprovecharse de él, atraviesa en una caravana las inhóspitas tierras marroquíes pues quiere llegar a morir al lugar de los suyos. No lejos de ahí -pero, ¿en la misma época?- un tal Shakib (Shakib Ben Omar), una suerte de hombre santo -¿o de loco?- toma la responsabilidad de ayudar a que el sheik -o su cadáver- llegue a su destino.
Esta abtrusa cinta de aventuras dirigida por el cineasta franco-hispano avecindado en Marruecos Oliver Laxe ganó el Gran Premio de la Semana de la Crítica en Cannes 2017. A saber por qué, pues aunque nunca deja de provocar interés, especialmente en su todoabarcadora puesta en imágenes de los exteriores marroquíes, la realidad es que la historia misma -la del presente real, la del pasado ¿imaginada?, la caprichosa confluencia de los dos- termina por agotar la paciencia. La mía, en todo caso. (* 3/4)

El cliente (Forushande, Irán-Francia, 2016), de Asghar Farhadi. La inevitable ganadora del Oscar 2017 a Mejor Película en Idioma Extranjero -inevitable por la decisión del director Farhadi en no asistir a la ceremonia en protesta por la prohibición trumpista de viajar a Estados Unidos a gente de siete países musulmanes, entre ellos Irán- es un sólido melodrama con vistos de thriller -o al revés- que, sin llegar a alturas de sus anteriores filmes -El pasado (2013) y, especialmente, la también ganadora del Oscar Una separación  (2011)-, de cualquier forma termina convertido en un absorbente estudio de un matrimonio en lento deterioro.
Emad Etesami (Shahab Hosseini, mejor actor en Cannes 2016) y Rana (Taraneh Alidoosti) son un acomodado matrimonio treintón que protagoniza una adaptación iraní de La muerte de un viajante, la pieza teatral de Arthur Miller. A punto de estrenar la obra, Emad y Rana tienen que cambiarse de casa, pues el edificio de departamento en el que habitan está en peligro de derrumbarse debido a unos trabajos de construcción cercanos. Para fortuna -e infortunio posterior-, la pareja encuentra un pequeño departamento en una zona menos afluente de Teherán, un lugar habitado poco antes por una misteriosa mujer que no ha recogido aún todas sus pertenencias. Una noche, Rana es atacada en el departamento después de dejar entrar a alguien que, ella suponía, era su marido. No queda claro si Rana fue violada ni tampoco si la herida que tiene fue provocada por el ataque o por una simple caída. Lo cierto es que ella prefiere olvidar todo -o intentar hacerlo, en todos caso. Emad, por supuesto, no está dispuesto a eso. ¿No es su obligación como buen marido encontrar al culpable de esa afrenta a su mujer que es, al final de cuentas, una afrenta a él mismo?
La pieza teatral de Miller es más que un simple telón de fondo anecdótico: las dinámicas familiares/matrimoniales de la obra se repiten en el matrimonio en crisis de los Etesami; el patetismo viril del Willy Loman no está muy alejado de la absurda obsesión por la venganza de Emad. Así pues, la mirada clínica al "sueño americano" de Miller es extrapolada aquí por Farhadi hacia sus criaturas clasemedieras que, como las del autor americano, tienen, de todas formas, la pequeña posibilidad de la lucidez. Aunque, ¿les servirá para salvarse y, de pasada, salvar su matrimonio?
Farhadi demuestra nuevamente su maestría en el manejo de sus actores y la inagotable capacidad como cineasta/guionista de desafiar y cambiar nuestras expectativas. Cuando llegamos a la última parte de la cinta, desenmascarada la identidad del atacante -el cliente del título en español-, no sabemos bien a bien qué lado tomar. Más aún: tenemos la sensación que no importa el lado que tomemos: el conato de derrumbe con el que inicia la película continuará ineluctablemente fuera de cuadro, cuando los créditos finales hayan terminado de correr.  (**)

El ornitólogo (O Ornitólogo, Portugal-Francia-Brasil, 2016), de Joao Pedro Rodrigues. El quinto largometraje de Rodrigues (meritoria La última vez que vi Macao/2012, espléndido corto documental El cuerpo del rey/2013) es un popurrí de relatos -algunos más interesantes que otros- unidos por el capricho herético/religioso de Rodrigues, quien hace un cameo clave hacia el final de la cinta.
Fernando (Paul Hamy), el ornitólogo del título, se encuentra en su canoa, en algún río portugués, observando pájaros cuando, distraído por una bella cigüeña de patas y pico rojos, termina naufragando. Lastimado, es recogido por un par de peregrinas chinas (Han Wen y Chan Suan) que se han perdido en el bosque en su camino a Santiago de Compostela. Al día siguiente, Fernando despierta amarrado, colgando de la rama de un árbol, cual homoerótico San Sebastián vivito y coleando. Cuando se escapa, Fernando sigue su extraño periplo -atestigua una suerte de ritual nocturno que llevan a cabo unos tipos enmascarados, tiene un sensual affaire gay con un pastor sordomudo llamado Jesús (Xelo Cagiao), se topa con una terca paloma que acaso sea el Espíritu Santo en persona (o en plumas, pues)- hasta que la caprichosa narración de Rodrigues finaliza en un auténtico renacimiento de Fernando, convertido en... ¡San Antonio de Padua! -sí, es en serio.
De lo poco que he visto de Rodrigues esta es su cinta menos satisfactoria. Aunque no carece de encanto -el sensualista episodio del romance gay es, acaso, lo mejor-, el hecho es que la película se estanca entre relato y relato, se extiende en demasía hacia el final y su interpretación -si es que usted quiere encontrarle un significado a todo esto- obliga a echar mano de las notas de producción del filme. Una película que le pide esto al espectador no puede ser una obra del todo lograda. (-)

No hay comentarios: