lunes, 8 de mayo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXI




Plaza de la Soledad (México, 2016), de Maya Goded. La opera prima de la premiada fotógrafa mexicana Goded está basada en un libro de fotografías  de ella publicado hace una década, centrado en el ethos de un grupo de prostitutas de la tercera edad que sobre(viven) en el emblemático barrio chilango de La Merced. Una limpia mirada, equidistante de todo tremendismo y de toda condescendencia perdonavidas. Mi crítica en la sección Primera Fila del periódico Reforma del viernes pasado. (**)

La chica desconocida (La Fille Inconnue, Bélgica-Francia, 2016), de Jean-Pierre y Luc Dardenne. El más reciente largometraje de los hermanos Dardenne es un notable thriller moral en el que una intachable joven doctora, a punto de iniciar una importante carrera en un hospital privado, decide mejor quedarse en su consultorio público -una especie de Seguro Popular pero de primer mundo- a partir de una decisión que la hace sentir culpable.
Estamos, como siempre, en Seraing, Lieja, en el consultorio que atiende la joven doctora Jenny Davin (Adèle Haenel) al lado de su asistente, al aún más joven Julien (Olivier Bonnaud). Es de noche, su jornada de trabajo ha finalizado y el timbre suena: alguien, afuera, desea ser atendido. Cuando Julien está a punto de abrir la puerta, Jenny no se lo permite. Más aún: le llama la atención. Los dos están cansados y un médico cansado no puede ser un buen médico, le dice. Antes, ese mismo día, vimos cómo Julien se había pasmado ante el ataque epiléptico de un niño. En esas primeras escenas, queda claro que el buen médico -el profesional, el experimentado, el sereno, el seguro de sí mismo- es ella y él, acaso, carece de lo necesario para ser un buen doctor. De hecho, esa es la razón por la que Julien sale del consultorio con la idea de renunciar a la medicina. Tal vez no está hecho para ese trabajo.
Pero he aquí que, a los días, un par de detectives llega al consultorio de Davin. Al parecer, la persona que tocaba la puerta esa noche era una asustada jovencita que fue encontrada muerta muy cerca de ese sitio. Es claro que la mujer estaba siendo seguida por alguien y, probablemente, si Davin hubiera dejado que Julien abriera la puerta, la muchacha seguiría viva. 
En sentido estricto, Davin no hizo nada ilegal o antiético; ella no fue culpable de esa muerte. Da lo mismo: en el fondo, ella se siente responsable del destino final de esa mujer anónima, acaso inmigrante, tal vez prostituta. Así pues, con la misma frialdad y determinación con la que atiende a sus pacientes -porque es claro que la doctora, detrás de esa máscara de seco profesionalismo, tiene una verdadera vocación por su trabajo-, Davin se convierte en una suerte de detective amateur, investigando la identidad de la muerta.
Estamos en los terrenos conocidos de los Dardenne, tanto en el terreno temático -en esta suerte de realismo social humanista y moral- como en el formal, con la cámara ligera y funcional de Alain Marcoen y un estilo actoral naturalista bien encarnado por la ascendente Adèle Haenel. Como en buena parte de la obra de los Dardenne, la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué tanto estoy dispuesto a cuidar a mi hermano, a mi hermana?, ¿qué tanto estoy dispuesto a dejar de verme en el espejo para voltear a otra parte?  (** 1/2)

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