jueves, 27 de julio de 2017

37 Foro de la Cineteca... en unas líneas



Ya está terminando el 37 Foro de la Cineteca y por acá están las películas que vi, en orden de preferencia. ¿Que qué significan los astericos y las crucecitas? A la derecha la explicación...

La libertad del diablo (México, 2017), de Everardo González. ¿La mejor película de Everardo González hasta el momento? No lo sé: en todo caso, la más necesaria en el México en el que vivimos. Mi crítica in extenso, por acá. (***)

Paterson (Ídem, EU-Alemania-Francia, 2016), de Jim Jarmush. ¿Cómo trabaja un poeta? ¿Qué hace para escribir? ¿De dónde le llega la inspiración? De esto trata el más reciente largometraje de Jim Jarmush,centrado en el Paterson del título (Adam Driver), un chofer de autobús que vive, precisamente, en Paterson, Nueva Jersey, lugar de nacimiento del gran poeta William Carlos Williams.
Paterson vive la vida con serenidad, siguiendo sus rutinas diarias, lidiando con su "dañoso" bulldog inglés, su inquieta mujer emprendedora (Golshifteh Farahani) y visitando cada noche un bar cercano. Paterson camina por la vida con todos los sentidos abiertos, esperando que la vida le dé la oportunidad de crear poesía. Y si un día no se puede, mañana será otro día. Y mañana otro. Y siempre habrá un cuaderno que llenar de garabatos. En una de esas, esos garabatos son poesía. (***)

El discípulo ((M)uchenik, Rusia, 2016), de Kiril Serebrennikov. Un joven preparatoriano, Venya (Petr Skvortsov), desafía a su trabajadora madre divorciada (Julia Aug), a su profesora de biología Elena (Victoria Isakova) y a todos sus compañeros de escuela a través de una feroz e incansable evangelización cristiana-conservadora. Así, logra que se prohíban los bikinis en las clases de natación, le dice a su madre que es una adúltera porque se divorció de su padre, le echa en cara al cura de la escuela su falta de compromiso con el Señor y cuestiona las enseñanzas científicas de Elena.
Una de las películas más exasperantes que he visto en mucho tiempo. La sátira social hinca sus dientes a través de los personajes que rodean a los rivales Venya y Elena -esa directora de escuela borracha que le gana la risa, esa profesora de historia nostálgica del stalinismo, esa madre desconcertada que sin embargo no deja de proteger a su hijito- y a través de las acciones del fanatizado jovencito que a ratos parece buscar el martirio pero que, en realidad, añora convertirse en un implacable victimario. (***)

Kaili Blues (Ídem, China, 2015), de Bi Gan. Aunque demasiado enamorado de sí mismo y de sus recursos fílmico-visuales, el debutante Bi Gan demuestra aquí ser un cineasta listo para grandes proyectos. Estamos ante una suerte de relato de raigambre borgiana -mitad sueño, mitad recuerdos- en el que un médico de la Kaili del título, Sheng Chen (Yongzhong Chen) viaja a otro lugar de China -por tren, por moto, por moto, a pata- para rescatar a su pequeño sobrino, que fue mandando allá por su desobligado padre, hermano de Chen. 
El dominio de Gan de sus recursos cinematográficos es total: elegantes paneos todoabarcadores, manejo del impecable del encuadre con aparición de espejos fassbinderianos y un plano secuencia perfectamente coreografiado de más de 40 minutos que sería la envidia de Lubezki e Iñárritu. Acaso la cinta es demasiado elusiva en su historia, pero esto es más una característica que un defecto. Incluso con sus vaguedades narrativas, Kaili Blues es, acaso, el descubrimiento de este 37 Foro. (**)

Abril y el mundo extraordinario (Avril et le monde truqué, Francia-Bélgica-Canadám, 2015), de Christian Desmares y Frank Ekinci. Sobre una novela gráfica del prestigiado autor francés Jacques Tardi, he aquí una entretenida y atractiva cinta anima de ciencia ficción especulativa -para ser específicos, del subgénero "steampunk"- en el que el mundo en el que vivimos nunca se desarrolló, pues un día antes de la guerra franco-prusiana de 1870, Napoleón III y su general Bazaine murieron en una explosión, por lo que esa guerra nunca inició. Sin embargo, a partir de ese momento, todos los científicos que cambiarían la faz de la tierra (Edison, Fermi, Einstein y demás) empezarían a desaparecer misteriosamente. La Abril del título, una audaz jovencita científica, su enamorado ladronzuelo Julius y un labioso gato parlanchín llamado Darwin se encargarán de resolver el misterio y, de pasada, de regresar al mundo a su vía correcta, pues en este pasado alternativo de los años 40 del siglo pasado no hay aviones ni electricidad y se ha adelantado la destrucción masiva de los bosques.
Los debutantes Desmares y Ekinci -el primero fue coordinador de animados en la superior Persépolis (Paronnaud y Satrapi, 2007) logran varias secuencias de acción de clara influencia spielbergiana -de hecho, a veces me parecía estar viendo algún tipo de homenaje a las aventuras de Indiana Jones- y el reparto vocal original (Marion Cotillard, Jean Rochefort, Olivier Gourmet) es de primer nivel.  (**)

Casa Roshell (México-Chile, 2017), de Camila José Donoso. La casa Roshell del título es un bar gay que es regenteado por la indómita Roshell Terranova, una soberana mujer trans (o travesti, pues) que, ni modo, tiene la voz del Víctor Trujillo de la Beba Galván pero un swing genuinamente arrobador -si lo duda, vea cómo interpreta el clásico "Soy lo prohibido".
Se trata de un meritorio documental -¿o una ficción documentalizada o una docuficción o...?- en el que conocemos tanto a las mujeres trans que atienden en la casa Roshell como a sus marchantes, hombres que que buscan "otro tipo de mujer" -eso dicen-, bisexuales o, de plano, abiertamente homosexuales. La música que acompaña a este filme ("Arráncame la vida", Julio Jaramillo) no podría haber sido elegida con mayor tino. (**)

Yo, Olga. Historia de una asesina (Já, Olga Hepranová, República Checa-Polonia-Francia-Eslovaquia, 2016), de Petr Kazda y Tomás Weinreb. Un 10 de julio de 1973, la alienada veinteañera lesbiana Olga Hepranová (Michalina Olszanska) tomó un automóvil, se dirigió al centro de Praga y atropelló a una veintena de personas que esperaban el camión, asesinando a ocho. 
Este filme, dirigido a cuatro manos por Kazda y Weinreb, nos entrega la desdamatrizada crónica de la vida de la última mujer condenada a muerte en la entonces Checoslovaquia. Impecablemente fotografiada por Adam Sikoria, que privilegia las tomas estáticas y sostenidas, con algunos paneos mínimos, la cinta termina resultando tan alienada de su personaje como la propia Olga de la opresiva y burocrática sociedad en la que creció, mató y murió. Olszanska tiene grandes momentos, pero tengo la sensación que fue dejada al garete por sus directores. (* 3/4)

La idea de un lago (Argentina-Suiza-Holanda-Qatar, 2016), de Milagros Mumenthaler. Inés (Malena Moirón), una fotógrafa separada y a punto de parir, decide dar una muestra de su sangre al Equipo de Antropología Forense para saber si entre algunos cadáveres recién descubiertos está el de su padre, desaparecido en 1977, en plena dictadura militar. Inés convivió con su papá hasta los tres años y apenas si conserva una solo foto en la que están él y ella, a la orilla de un lago, en las vacaciones veraniegas.
Mumenthaler -que adquirió cierta notoriedad con su premiada opera prima Abrir puertas y ventanas (2011), sobre la relación de tres hermanas- se acerca en este, su segundo largometraje, a otro tipo de dinámica familiares que tienen que ver, también, con la memoria, los recuerdos  y el pasado político de un país que sufrió una cruenta y violenta dictadura. La cinta tiene algunos buenos momentos -el mejor, que se va directo a mis fotogramas de fin de año, el uso de cierta canción de Neil Diamond-, pero el tema no es particularmente original y su ejecución no es muy notable que digamos. A ratos me remitió a suerte de versión femenina de La prima Angélica (Saura, 1974), lo cual resultó peor para La idea de un lago: es difícil competir con el Saura de los años 70.   (*)

Swagger: Gente con estilo (Swagger, Francia, 2016), de Olivier Babinet. Once adolescentes que viven en el barrio marginado de Aulnay, en los suburbios parisinos, hablan frente a cámara de sus sueños y pesadillas, de Dios y su religión (o su falta de ella), de política (o de su desinterés por ella), del amor, de las drogas, de su familia, de su orgullo de sentirse franceses, de su posición como inmigrantes (o hijos o nietos de ellos). 
Los muchachos son bastante articulados y algunos de ellos -como el gordito que sueña con ser diseñador- hasta simpáticos, pero el documental no descubre nada que no supiéramos o imagináramos. Visualmente, eso sí, el realizador Babinet se da vuelo con algunas escenas que abandonan con toda claridad el documental para acercarse al musical o hasta el cine de ciencia ficción. (*)

El limonero real (Argentina, 2016), de Gustavo Fontán. En algún lugar del interior rural argentino, un hombre (el siempre bienvenido Germán de Silva, que le da verosimilitud a cualquier personaje que interpreta) deja a su mujer en su casa y, por el río, se dirige a festejar el Año Nuevo con la familia de ella. La mujer sigue de luto -el hijo de ambos murió hace seis años en Buenos Aires- y desde entonces no ha podido sobrepasar el dolor. El hombre, por su parte, parece haber encontrado una suerte de paz a partir de algo que le sucedió en el árbol de limones reales del título. La cinta está impecablemente realizada, sin duda, pero la anécdota es mínima y no logra sostener el interés durante todo el filme.  (-)

Viejo calavera (Bolivia-Qatar, 2016), de Kiro Russo. Elder (Julio Cézar Ticona) es un joven alcohólico y malandro que, después de que muere su padre, es regresado de La Paz hacia la precaria casa familiar en el interior de Bolivia, para trabajar en las minas, bajo el cuidado de su tío-nino Francisco (Narciso Choquecallata).
La película, interpretada por mineros de verdad, ha ganado varios premios en el circuito festivalero latinoamericano y europeo -BAFICI, Cartagena, Río de Janeiro, IndieLisboa, Locarno- pero debo confesar que no comparto las razones para ello, aunque las entiendo: hay algo morbosamente fascinante en acercarse a un modo de vida -el de los explotados mineros bolivianos- que nunca conoceremos en la realidad. 
Un cine hecho, pues, para el morbo festivalero, parafraseando al implacable mayordomo de Por meterse a redentor (Sturges, 1941). Eso sí, el trabajo fotográfico de Pablo Paniagua es notable. (-)

Nocturno (2016),  de Luis Ayhllón. Oliverio (Juan Carlos Colombo) un hombre muy enfermo, agonizante, es dejado por su mujer en manos de Ana (Irela de Villers), una correosa enfermera profesional. Muy pronto queda claro que Ana está ahí, en realidad, por otras razones. No voy a revelar la vuelta de tuerca -demasiado arbitraria para mi gusto-, pero baste decir que los pocos aciertos del filme -por ejemplo, algunos diálogos bastante agudos, cierta escena en la que uno de los hijos (Ari Brickman) visita a Oliverio- terminan ahogados en una segunda parte de pura sordidez pseudo-ripsteniana en el que aparecen -mediante animación del también cinefotógrafo Alex Argüelles- una violación infantil, un asesinato, un incesto y otras linduras de este tipo. (+)

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